Patricia Bullrich ya juega para 2027 y en el oficialismo empiezan a verla como un problema

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Por Lucila Cardaci

Mientras el gobierno de Javier Milei intenta mostrar orden interno y centralizar todo el poder alrededor del Presidente y Karina Milei, cada vez son más evidentes las tensiones con Patricia Bullrich. La ministra de Seguridad, una de las figuras más fuertes del gabinete y una de las dirigentes con mejor imagen dentro del electorado libertario y del PRO, empezó a moverse políticamente con lógica propia de cara al 2027. Y eso, dentro del oficialismo, ya genera incomodidad.

En las últimas semanas hubo varias señales que expusieron esa interna silenciosa que el Gobierno intenta negar. Desde desplantes en actos oficiales hasta exclusiones de reuniones importantes, Bullrich quedó varias veces corrida del centro de la escena por decisión del karinismo, el núcleo duro que responde directamente a Karina Milei y que hoy controla gran parte de la estructura política libertaria.

Uno de los episodios más comentados ocurrió durante el Tedeum del 25 de Mayo, donde Karina Milei habría decidido ubicar a Bullrich “al fondo de la Catedral” y luego dejarla afuera del ingreso principal al Cabildo. Más allá del gesto protocolar, dentro de la política todos entendieron el mensaje: mostrarle límites a una dirigente que empezó a construir demasiado poder propio.

La tensión no aparece de la nada. Patricia Bullrich viene hace meses consolidando un armado político paralelo dentro del oficialismo. Aunque forma parte del gabinete, mantiene diálogo permanente con sectores del PRO, empresarios y dirigentes que no terminan de integrarse del todo a La Libertad Avanza. Incluso comenzaron a circular versiones de que empresarios importantes, como Paolo Rocca, intentan convencer a Mauricio Macri de apoyar una eventual candidatura presidencial de Bullrich para 2027.

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Eso encendió alarmas en Casa Rosada. Porque mientras Karina Milei trabaja en blindar un oficialismo completamente verticalista y subordinado a la familia Milei, Bullrich representa otra lógica: experiencia política, estructura propia, relaciones externas y capacidad de supervivencia. En otras palabras, alguien difícil de controlar.

A esto se suma que la ministra empezó a mostrarse cada vez más en clave electoral. Recorre provincias, se reúne con dirigentes, fortalece vínculos territoriales y mantiene una presencia pública constante. Oficialmente son actividades de gestión, pero dentro del Gobierno varios ya leen esos movimientos como el inicio de una construcción presidencial.

El problema para el oficialismo es que Bullrich no es una funcionaria más. Tiene volumen político real. Sigue siendo una de las dirigentes con mejor imagen del espacio, conserva apoyo dentro del votante duro antikirchnerista y además tiene algo que muchos libertarios todavía no lograron construir: estructura política propia.

Por eso el Gobierno parece moverse en una contradicción permanente. Necesita a Bullrich porque es una de las ministras más fuertes y una figura clave para sostener gobernabilidad, orden político y vínculo con sectores del PRO. Pero al mismo tiempo le incomoda su crecimiento porque empieza a aparecer como una dirigente con autonomía dentro de un gobierno que no tolera demasiado las autonomías.

En ese contexto, Karina Milei parece haber tomado una decisión: empezar a marcar límites antes de que su armado crezca aún más. Las exclusiones de reuniones de gabinete, los gestos de destrato público y el armado de un “gabinete VIP” del que Bullrich quedó afuera son parte de esa lógica de disciplinamiento político.

Sin embargo, la gran pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse esta convivencia. Porque Bullrich tampoco parece dispuesta a resignar capital político. Después de años de construir liderazgo propio dentro de la derecha argentina, difícilmente acepte quedar reducida únicamente al rol de ministra obediente.

Además, dentro del oficialismo muchos empiezan a mirar el escenario post Milei. Y ahí Bullrich aparece como una de las pocas figuras con experiencia, conocimiento del Estado y capacidad de competir electoralmente a gran escala. Eso explica por qué algunos sectores económicos y políticos ya empiezan a verla como una posible continuidad “más ordenada” del proyecto libertario.

El trasfondo de toda esta disputa es una pelea de poder mucho más profunda: quién va a conducir a la derecha argentina después de 2027. Karina Milei quiere un oficialismo completamente alineado al apellido Milei. Bullrich, en cambio, parece decidida a demostrar que también puede construir liderazgo propio dentro de ese espacio.

Por ahora, la tensión sigue contenida. Pero cada gesto, cada operación y cada movimiento interno muestran que la disputa ya empezó. Y cuanto más avance el calendario electoral, más difícil va a ser disimular.

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