Un triángulo que redefine el equilibrio político

Lejos de una dinámica estable, lo que predomina es una relación de tensiones cruzadas. El vínculo entre Milei y el PRO, que en un inicio parecía funcional a la gobernabilidad, hoy muestra signos claros de desgaste. Macri comenzó a tomar distancia, no sólo en términos discursivos sino también estratégicos: pone condiciones, evita respaldos automáticos y busca preservar identidad propia.
En paralelo, se profundiza un fenómeno que impacta de lleno en la estructura del PRO: el pase de figuras clave hacia La Libertad Avanza. Dirigentes que supieron ser parte central del armado macrista hoy migran hacia el oficialismo, atraídos por el poder y la centralidad política del gobierno. Este movimiento, aunque en apariencia debilita al PRO, también puede leerse como una oportunidad: una suerte de depuración interna.
La salida de estos cuadros abre la posibilidad de reconstruir el espacio desde cero, con una nueva generación política, menos condicionada por los errores del pasado. Porque si algo queda claro es que el PRO, tal como estaba configurado, también fue parte de las decisiones que llevaron al escenario actual. Sin renovación real, cualquier intento de volver a liderar corre el riesgo de ser un reciclaje de los mismos actores.
Un gobierno con centralidad, pero cada vez más cuestionado,el gobierno de Milei mantiene una fuerte presencia mediática, pero enfrenta un problema estructural: la dificultad para construir credibilidad sostenida. A la falta de acuerdos políticos se suma un desgaste creciente en el plano público.
Un punto de inflexión reciente fue el escándalo que involucró a Manuel Adorni. Desde lo mediático, el episodio no solo generó ruido, sino que se amplifica por la reacción del propio oficialismo: todo el equipo del Ejecutivo salió a respaldarlo de manera cerrada.
Lejos de cerrar la crisis, esa defensa corporativa terminó afectando la percepción pública. En lugar de mostrar transparencia o autocrítica, el gobierno proyectó una imagen de blindaje interno, lo que contribuye a erosionar la confianza y explica, en parte, el crecimiento de la imagen negativa.
A esto se suma la dificultad para generar consensos más amplios. Un dato ilustrativo se vio en el encuentro del poder económico realizado en el Hotel Llao Llao. Allí, en un contexto atravesado por la incertidumbre, la política prácticamente no fue tema de discusión.
El silencio del llamado “círculo rojo” no fue casual: reflejó cautela, distancia y, sobre todo, falta de certezas sobre el rumbo del país. No hubo confrontación directa, pero tampoco respaldo explícito. Más bien, una pausa incómoda que deja en evidencia el aislamiento progresivo del gobierno.
Kicillof y el peronismo: ventaja relativa en medio de internas. En paralelo, el peronismo encuentra en Kicillof una figura competitiva en términos electorales. Algunas encuestas lo posicionan con niveles altos de intención de voto, capitalizando el desgaste del oficialismo.
Sin embargo, esa ventaja es más frágil de lo que parece. En primer lugar, porque responde en gran medida al rechazo al gobierno actual más que a una adhesión sólida. Y en segundo lugar, porque el propio peronismo atraviesa tensiones internas profundas.
La relación de Kicillof con Cristina Fernández de Kirchner y Máximo Kirchner está lejos de ser lineal. Las disputas de poder dentro del espacio abren interrogantes concretos sobre su futuro político: no está garantizado que llegue a ser candidato presidencial.
Además, otros gobernadores empiezan a posicionarse y disputar ese lugar. Entre ellos aparece Sergio Uñac, lo que evidencia que la interna peronista está lejos de resolverse.
Esto deja al descubierto una debilidad estructural: la falta de una conducción clara y consensuada, algo que históricamente fue una de las principales fortalezas del peronismo.
El PRO: entre la oportunidad y la reconstrucción necesaria, en este contexto, el PRO se mueve en una zona ambigua pero estratégica. Por un lado, toma distancia del gobierno y evita quedar atrapado en su desgaste. Por otro lado, observa un peronismo dividido y sin liderazgo consolidado.
Pero la clave no está solo en aprovechar el contexto, sino en reformular el espacio en profundidad. El PRO no puede limitarse a esperar errores ajenos: necesita reconstruirse, renovar cuadros y redefinir su identidad.
La salida de dirigentes hacia La Libertad Avanza, lejos de ser únicamente una pérdida, puede funcionar como un punto de inflexión. Depurar para reconstruir, cerrar una etapa y abrir otra con nuevos actores, nuevas ideas y otra lógica política.
Una política atrapada en sus propios límites
Lo que emerge de este escenario es una conclusión incómoda: la política argentina sigue girando en torno a los mismos nombres, las mismas tensiones y, muchas veces, los mismos errores.
El gobierno no logra consolidar credibilidad ni construir acuerdos. El peronismo no termina de resolver su interna ni ofrecer una alternativa renovada. Y el PRO, aunque con una ventana de oportunidad, aún está en proceso de redefinición.
Mientras tanto, sectores clave del poder económico optan por el silencio. El dato del Llao Llao es elocuente: cuando ni siquiera las élites quieren hablar de política, el nivel de incertidumbre es más profundo de lo habitual.

Mirar hacia adelante: una necesidad urgente
Frente a este panorama, insistir con las mismas fórmulas parece insuficiente. La Argentina necesita algo más que una rotación de liderazgos: requiere una reconfiguración del sistema político en su conjunto.
Eso implica abrir los oídos, mirar más allá de las estructuras tradicionales y asumir que ningún espacio está exento de responsabilidad en la crisis actual. También exige algo que hoy escasea: autocrítica real.
Porque si algo deja en evidencia este momento es que el problema no es solo quién gobierna, sino cómo se está haciendo política en la Argentina. Y sin una transformación profunda de esas prácticas, cualquier cambio será apenas superficial.
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