Reino Unido: renuncia Keir Starmer y la inestabilidad vuelve a instalarse en Downing Street

La renuncia de Keir Starmer convierte al Reino Unido en un país con siete primeros ministros en diez años, una cifra que refleja la profunda transformación del sistema político británico desde el Brexit y plantea nuevos interrogantes sobre la capacidad de sus gobiernos para sostener liderazgos estables.

Por Iñaki Darraidou Sustas

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El primer ministro británico Keir Starmer anunció este 22 de junio su renuncia al frente del Gobierno y del Partido Laborista, apenas dos años después de haber llegado al poder con una amplia mayoría parlamentaria que prometía poner fin a la crisis política heredada de los gobiernos conservadores. Starmer permanecerá como primer ministro interino hasta que el Partido Laborista elija a un nuevo líder, proceso que comenzará formalmente el 9 de julio y que tiene como principal favorito al actual alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham.

En su discurso de despedida, Starmer reconoció que ya no contaba con la confianza suficiente de su partido para conducir al laborismo hacia las próximas elecciones generales y aseguró que su decisión busca facilitar una transición ordenada. La renuncia llegó después de varios meses de creciente presión interna, agravada por los malos resultados obtenidos por el Partido Laborista en las elecciones locales y por una serie de dimisiones ministeriales que debilitaron progresivamente al Ejecutivo.

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La salida de Starmer vuelve a poner de manifiesto la profunda inestabilidad política que atraviesa el Reino Unido desde el referéndum del Brexit en 2016. En apenas una década el país habrá tenido siete primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y, próximamente, su sucesor. Aunque las causas fueron diferentes en cada caso, la constante ha sido la creciente dificultad de los gobiernos para sostener liderazgos duraderos frente a partidos cada vez más fragmentados y electorados más volátiles.

La crisis actual también refleja las tensiones que atraviesan al propio Partido Laborista. Si bien Starmer logró devolver a la fuerza al gobierno tras catorce años de administraciones conservadoras, una parte importante de sus diputados consideró que el Ejecutivo perdió impulso frente al deterioro económico, la crisis del costo de vida y el crecimiento de Reform UK, el partido liderado por Nigel Farage, que ha capitalizado buena parte del descontento social con un discurso nacionalista y antiestablishment.

El principal candidato para reemplazarlo es Andy Burnham, exministro laborista y alcalde del Gran Manchester desde 2017, quien en los últimos años construyó un perfil propio defendiendo una mayor descentralización política y económica del Reino Unido y un papel más activo del Estado en materia de desarrollo regional. Diversos dirigentes laboristas ya expresaron su respaldo a su candidatura, lo que podría acelerar una transición sin mayores disputas internas.

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Más allá del cambio de liderazgo, la renuncia de Starmer confirma una tendencia que viene caracterizando a la política británica desde hace años: incluso gobiernos con amplias mayorías parlamentarias encuentran crecientes dificultades para sostener estabilidad política en un escenario marcado por la fragmentación partidaria, la presión económica y una ciudadanía cada vez más exigente. El desafío del próximo primer ministro no será únicamente mantener unido al Partido Laborista, sino también recuperar la capacidad de ofrecer estabilidad a un sistema político que, durante décadas, fue considerado uno de los más sólidos de Europa y que hoy enfrenta una volatilidad inédita

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