Orgullo argentino no es racismo: defender nuestra historia no nos convierte en discriminadores

En los últimos días volvieron a aparecer en redes sociales y en algunos medios internacionales acusaciones que presentan a la Argentina como un país racista.

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Ser orgulloso de la bandera, del himno y de la historia nacional no convierte a nadie en racista. Confundir patriotismo con discriminación es un error que solo alimenta la desinformación. Argentina fue uno de los países que más inmigrantes recibió entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Millones de personas llegaron desde Italia, España, Alemania, Europa del Este, Medio Oriente y otros lugares del mundo buscando oportunidades. Con el tiempo también llegaron comunidades de países limítrofes y de distintas regiones del planeta que encontraron en nuestro país un lugar donde construir una nueva vida. Esa historia forma parte de la identidad argentina.

Como cualquier sociedad, Argentina tiene desafíos pendientes en materia de discriminación. Negarlo sería desconocer la realidad. Pero también es falso afirmar que el país se caracteriza por el racismo como rasgo de su identidad nacional.

Llama la atención que muchas de estas críticas provengan de voces de Estados Unidos, un país cuya historia estuvo marcada por la esclavitud, la segregación racial y décadas de lucha por los derechos civiles. Reconocer esa historia no implica descalificar a toda la sociedad estadounidense, pero sí invita a mirar los procesos históricos con la misma vara antes de señalar a otros países.

También sorprende que algunos famosos y creadores de contenido se sumen rápidamente a instalar la idea de que Argentina es un país racista sin conocer su historia ni su cultura. Muchas veces esas opiniones se viralizan más por el impacto que generan que por el rigor con el que analizan los hechos. Es falso intentar explicar a la Argentina con categorías que responden a la historia de otros países. Nuestro país se formó con una enorme mezcla de pueblos, indígenas, europeos, africanos y migrantes de distintas partes del mundo. El mestizaje fue parte de nuestra construcción como sociedad. Eso no significa que Argentina no haya tenido episodios de discriminación, pero sí que su historia es muy diferente a la de Estados Unidos, donde durante décadas existieron leyes de segregación racial y prohibiciones al matrimonio interracial en numerosos estados.

Argentina jamás fue una potencia colonial que recorriera el mundo ocupando territorios ajenos. Nuestra historia estuvo marcada por la defensa de nuestro propio territorio y de nuestra soberanía, no por la conquista de otros pueblos. Por eso también el reclamo por las Islas Malvinas tiene un significado tan profundo para los argentinos, nos arrebataron una parte de nuestro territorio y seguimos sosteniendo ese reclamo por vías diplomáticas.

El Mundial volvió a demostrar que los argentinos viven el fútbol con una intensidad difícil de explicar desde afuera. En ese contexto, el partido contra Inglaterra tiene una carga histórica evidente. No es un encuentro más. La memoria de la Guerra de Malvinas sigue presente. Las islas fueron ocupadas por el Reino Unido en 1833 y desde entonces la Argentina sostiene su reclamo de soberanía por vías diplomáticas. La guerra de 1982 dejó cientos de argentinos muertos y una herida que sigue abierta. Por eso, cuando la Selección enfrenta a Inglaterra, muchas personas sienten que el partido representa una forma simbólica de recordar esa historia. No se trata de una guerra ni de promover violencia. Es fútbol. Es una rivalidad deportiva atravesada por un conflicto histórico que todavía forma parte de la memoria colectiva del país.

Defender la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, sostener el reclamo histórico o emocionarse cuando la Selección enfrenta a Inglaterra no convierte a nadie en racista. Son debates distintos que no deberían mezclarse.

Los argentinos podemos discutir nuestros defectos, porque los tenemos como cualquier nación. Pero también tenemos derecho a sentir orgullo por nuestra bandera, por nuestra historia, por nuestra cultura y por nuestros símbolos sin que eso sea confundido con odio hacia otros pueblos.

El patriotismo no es racismo. Defender la propia identidad no implica despreciar la de los demás. Y antes de etiquetar a todo un país, siempre conviene conocer su historia completa.

Por, Aileen Goldin.

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