Elecciones en Colombia: consolidación del Pacto Histórico y ascenso de la derecha alternativa.

Los resultados marcan un fenómeno cada vez más común en las disputas políticas de América Latina: una fuerte polarización política.

Por Iñaki Darraidou Sustas.

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El pasado 31 de mayo se celebraron elecciones presidenciales en Colombia para elegir a la cabeza del Poder Ejecutivo para el período 2026-2030. Los resultados marcan un fenómeno cada vez más común en las disputas políticas de América Latina plasmado en una profundización de la polarización política y en las diferencias discursivas.

El candidato outsider de derecha alternativa, Abelardo de la Espriella, obtuvo el primer lugar con el 43,74 % de los votos. Abogado de profesión, construyó su candidatura desde una estructura política relativamente nueva, apoyada por diversas agrupaciones conservadoras afines y sectores del radicalismo colombiano. Su campaña estuvo marcada por una impronta ideológica y discursiva similar a la de figuras como Javier Milei, Jair Bolsonaro o José Antonio Kast, combinando un fuerte discurso antipolítico con propuestas de endurecimiento de la seguridad pública y la promesa de aplicar un modelo inspirado en la experiencia de Nayib Bukele en El Salvador.

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En segundo lugar quedó Iván Cepeda con el 40,90 % de los votos. El candidato oficialista representa la continuidad del gobierno de Gustavo Petro y del ya consolidado Pacto Histórico, fuerza política que logró unificar a buena parte de la izquierda colombiana, desde sectores humanistas y socialdemócratas hasta comunistas y nacionalistas de izquierda. Su propuesta se basó en profundizar las reformas políticas y sociales impulsadas durante la gestión de Petro, junto con una agenda centrada en la pacificación nacional, la ampliación de derechos sociales, la defensa de la diversidad cultural y étnica, y la representación de las poblaciones indígenas, afrodescendientes y de las regiones históricamente periféricas del país.

Políticamente desplazados quedaron los sectores tradicionales de la política colombiana. La candidata uribista Paloma Valencia, del Centro Democrático, respaldada además por sectores del Partido de la U, el Partido Conservador y el Partido Liberal, aparecía en las encuestas previas como una tercera fuerza capaz de disputar parte del electorado de Espriella. Sin embargo, apenas obtuvo el 6,92 % de los votos. El resultado evidencia un progresivo abandono de las fuerzas conservadoras tradicionales por parte de una porción importante de sus votantes, que parecen inclinarse cada vez más hacia expresiones de derecha alternativa con discursos más disruptivos y confrontativos, una tendencia que comenzó a hacerse visible tras los estallidos sociales ocurridos durante la presidencia de Iván Duque.

Por su parte, Sergio Fajardo, representante de un espacio de centro progresista, obtuvo un resultado marginal, mientras que el conjunto de los demás candidatos apenas alcanzó el 2 % de los votos.

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Dos candidatos, dos Colombias: Los resultados electorales están profundamente marcados por la realidad histórica y territorial del país. Al observar el mapa de votación por departamentos y distritos puede verse con claridad la existencia de dos Colombias distintas.

Por un lado, existe una Colombia periférica, caracterizada por mayores niveles de pobreza, una larga historia de exclusión social y una limitada presencia estatal. Son territorios que estuvieron durante décadas en el centro del conflicto armado entre guerrillas, fuerzas estatales y grupos paramilitares; regiones atravesadas por las rutas del narcotráfico y con una fuerte presencia de comunidades afrodescendientes, indígenas y de una población joven altamente movilizada políticamente. Esta Colombia incluye gran parte de la costa Caribe, la región Pacífica, la Amazonía y amplios sectores de Bogotá.

Por otro lado, se encuentra la Colombia central, conformada por las regiones andinas más integradas al desarrollo económico nacional. Allí los niveles de pobreza son menores y el impacto directo del conflicto armado fue históricamente más limitado. Estas regiones recibieron de forma más intensa los efectos de la crisis migratoria venezolana y también concentran buena parte de la población desplazada por la violencia. En ellas conviven tanto los sectores más acomodados del país como amplias capas de clases medias, medias bajas y trabajadores que, aunque poseen cierta estabilidad económica, perciben que siempre están cerca de caer en situaciones de vulnerabilidad.

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La división entre el centro y la periferia es una constante de la política colombiana contemporánea. Ya era visible tras la ruptura entre Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe y quedó particularmente reflejada en el plebiscito de 2016 sobre los acuerdos de paz. Mientras las regiones periféricas apoyaron mayoritariamente el «Sí», gran parte de la Colombia central se inclinó por el «No».

Esta Colombia central no necesariamente se moviliza por una adhesión ideológica fuerte al conservadurismo. Más bien responde a una cultura política construida alrededor de la estabilidad, el orden, la seguridad y la posibilidad de ascenso social gradual. Incluso cuando expresa malestar económico o descontento con las élites tradicionales, suele desconfiar de los proyectos que prometen transformaciones profundas del modelo político o económico. Las regiones periféricas, en cambio, tienen mucho más que ganar con programas de pacificación, ampliación de derechos y fortalecimiento de la presencia estatal. El cese de la violencia y la pacificación permiten una mayor integración territorial, y las políticas aplicadas por el gobierno de Gustavo Petro respecto a la distribución de tierras, las pensiones sociales y las reformas laborales benefician especialmente a sectores históricamente excluidos.

Sin embargo, el gobierno de Gustavo Petro también encontró importantes dificultades para avanzar en sus objetivos. Las resistencias de los sectores conservadores frente a las reformas sociales, sumadas a las complejidades de negociar con grupos armados fragmentados y dispersos, limitaron la capacidad del gobierno para profundizar sus transformaciones y expandir su influencia en la región central del país. Esto explica por qué, aunque estas elecciones representan una consolidación del Pacto Histórico como una de las principales fuerzas políticas colombianas, también ponen en manifiesto los límites del proyecto.

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La gran novedad de estas elecciones es la consolidación de una nueva derecha alternativa que desplaza tanto al uribismo tradicional como a los partidos históricos de centroderecha tras el estallido social en el gobierno de Iván Duque. Abelardo de la Espriella logró capitalizar el descontento con las élites políticas, la preocupación por la seguridad y el desencanto tanto con los partidos tradicionales como con las promesas de cambio de la izquierda. Con un discurso centrado en el orden, la mano dura y la crítica al establishment, Colombia parece sumarse a una tendencia regional ya visible en figuras como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil o José Antonio Kast en Chile. Más que una renovación del conservadurismo clásico, esta nueva derecha se caracteriza por liderazgos personalistas, discursos antisistema, un conservadurismo extremo, retorica de conflicto y una fuerte presencia mediática, consolidándose como una de las principales fuerzas políticas del país. 


Las elecciones colombianas también reflejan una tendencia cada vez más visible en América Latina: la reconfiguración de los sistemas políticos alrededor de una creciente polarización entre proyectos populistas progresistas muchos emergidos en las distintas olas de la marea rosa y las nuevas derechas de perfil populista y extremista. En países como Brasil, Chile, Argentina y ahora Colombia, los partidos tradicionales han perdido centralidad frente a liderazgos y movimientos que buscan representar visiones antagónicas del cambio social, el Estado, la seguridad y la identidad nacional. Más que un regreso al viejo bipartidismo, se observa la consolidación de dos grandes campos políticos que compiten por articular el descontento social desde perspectivas opuestas. 

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Queda esperar a ver que va a ocurrir en el balotaje y que campo de la política colombiana va a ser el que gobierne el país de acá a 2030. Mientras tanto el gobierno de Petro denuncia errores en el conteo de votos e intenta movilizar a las bases para dar vuelta el resultado, mientras la derecha busca fortalecerse en un perfil triunfalista y celebrar una batalla ganada.

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