Murió a una cuadra de ver cantar a su nieta: la historia que conmociona a Chacarita

Felisa Martínez tenía 83 años y seguía trabajando como si el tiempo no corriera. Madre del famoso “trío colorado”, referente de su barrio y creadora de una editorial de libros de lujo para turistas, Felisa era de esas mujeres que sostienen una familia con trabajo, humor y una generosidad infinita. También era la autora del que muchos definían como “el mejor tiramisú del mundo”.

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El domingo 2 de noviembre tenía una cita especial: la muestra de música de su única nieta, de 6 años, “la luz de sus ojos”. Apenas una cuadra la separaba del colegio cuando, a las 15:36, un colectivo de la línea 76 la atropelló en la esquina de Corrientes y Jorge Newbery. Cruzaba de manera correcta por la senda peatonal. No llegó a verla venir.

Las imágenes de seguridad —que se viralizaron esta semana— muestran al chofer del interno 1330, Marco Antonio Capristo, distraído mientras dobla a la izquierda. Cruza el semáforo justo en el instante en que cambia de amarillo a rojo. En la cámara interna del colectivo se ve que baja la mirada hacia su planilla de trabajo. Luego del impacto, sólo se escucha su desesperación.

Felisa fue trasladada al Hospital Pirovano con múltiples fracturas costales, lesiones pulmonares y traumatismos craneales. No resistió. Murió a las 21:13 del mismo día.

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Su hija Marina, que llegó a la escena minutos después, todavía resume el dolor en una frase: “Hoy fue peor que el día que murió mi mamá”. También apunta a un problema que lleva años sin resolverse: en esa esquina no hay semáforos para peatones, y las cámaras de monitoreo están tapadas por árboles. No es un caso aislado: ella misma denuncia que meses antes la chocaron en una esquina similar donde “las cámaras tampoco funcionaban”.

Felisa vivía en un departamento de Tucumán al 1500. Crió a sus tres hijos mientras trabajaba con su marido en la administración familiar, hasta crear su propia editorial, Edifel Libros, en 2003. Los libreros la adoraban. Sus vecinos la recuerdan como graciosa, chamuyera, buena mina. Como alguien que daba incluso lo que no tenía.

“Siempre la voy a llevar en mi corazón para que nunca se vaya”, dice Marina. Pide justicia, pero también algo más básico: que ninguna otra familia viva una tragedia evitable en una esquina sin señalización, sin visibilidad y sin control.

La muerte de Felisa vuelve a poner en agenda un reclamo urgente: las calles de la Ciudad siguen teniendo puntos ciegos que pueden costar vidas. Esta vez fue una abuela. Una madre. Una mujer que sólo quería llegar a ver cantar a su nieta. Una cuadra antes, todo se apagó.

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